Jóvenes y democracia.
Por Ruben Dario GV
En esta ocasión analizaremos, dado la importancia que tienen en la sociedad, a los jóvenes y la democracia. Sabemos que la democracia, como forma de organización política y social, no puede sostenerse sin la participación activa de sus ciudadanos. En este entramado, los jóvenes desempeñan un papel crucial, pues representan no solo el futuro de la sociedad, sino también un presente en constante transformación. No obstante, la realidad nos muestra un panorama desalentador, el desinterés y la apatía de las nuevas generaciones hacia la vida cívica y democrática han alcanzado niveles alarmantes. La pregunta que debemos formularnos no es sólo por qué los jóvenes han dejado de interesarse en la democracia, sino qué podemos hacer para revertir esta situación.
Diversos estudios sociológicos han identificado que los factores que alejan a los jóvenes de la participación política son diversos y complejos. Entre ellos, la falta de confianza en las instituciones, la percepción de que sus voces no son escuchadas y el desencanto con la clase política se encuentran entre las razones más comunes. El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA) ha revelado que una proporción considerable de jóvenes siente que su voto carece de impacto real en las decisiones gubernamentales. Además, el sociólogo Zygmunt Bauman nos advierte sobre la "modernidad líquida", una era caracterizada por la volatilidad de los compromisos y la fragilidad de los lazos sociales, lo que se traduce en una participación ciudadana cada vez más superficial y efímera.
Sin embargo, el desinterés juvenil por la democracia no es una condena inmutable. La historia nos demuestra que la participación de los jóvenes ha sido un motor de cambio en momentos cruciales. Desde el Mayo Francés de 1968 hasta las protestas de Tiananmén en 1989, la movilización juvenil ha logrado transformar paradigmas políticos y sociales. En el presente, movimientos como Fridays for Future, impulsado por Greta Thunberg, evidencian que los jóvenes pueden ser protagonistas de cambios significativos cuando encuentran causas con las que se identifican. El problema, entonces, no es la falta de interés en la participación, sino la ausencia de espacios donde su voz sea realmente valorada y considerada.
Es aquí donde la educación desempeña un rol determinante. Según la UNESCO, los sistemas educativos que incluyen programas de formación cívica desde temprana edad generan ciudadanos con mayor disposición a participar activamente en su comunidad. Un currículo que fomente el pensamiento crítico y el análisis de problemas sociales no sólo dotará a los jóvenes de herramientas para comprender la política, sino que también los motivará a involucrarse en ella. Además, la creación de espacios de participación juvenil en instituciones gubernamentales, universidades y organizaciones civiles podría representar un incentivo para que las nuevas generaciones se integren activamente en la vida democrática.
La filosofía también nos ofrece respuestas. Aristóteles definía al ser humano como un "animal político", cuya plenitud sólo puede alcanzarse en la participación de la vida de la polis. Siguiendo esta lógica, la falta de interés en la democracia podría interpretarse como una crisis de identidad colectiva. John Dewey, por su parte, afirmaba que la democracia no es un simple mecanismo de gobierno, sino una forma de vida que debe ser experimentada día a día. En este sentido, el reto no radica solo en convocar a los jóvenes a votar cada cierto tiempo, sino en integrar la participación ciudadana como una práctica cotidiana y significativa.
El desinterés de los jóvenes por la democracia no es un fenómeno irreversible, sino el resultado de estructuras que han fallado en incluirlos y representarlos. Para cambiar esta realidad, es fundamental reformar los sistemas educativos, generar espacios de diálogo y acción, y garantizar que la participación juvenil tenga un impacto tangible. Para lograr una democracia vibrante y sostenible, es imprescindible que los jóvenes no sólo sean espectadores, sino protagonistas activos en la construcción de un futuro común. |