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Jueves 03 de abril de 2025
La nueva teocracia

Actualizado: 2025-02-16

La nueva teocracia


Por Ruben Dario GV


La historia del poder es la historia de su justificación. En la antigüedad, los monarcas se revestían de un aura divina para gobernar sin cuestionamientos. Faraones egipcios eran dioses en la Tierra, emperadores romanos se proclamaban elegidos de Júpiter, y los reyes medievales invocaban el derecho divino. La crítica a su mandato era, en esencia, una blasfemia. Hoy, esa lógica pervive, aunque con una metamorfosis discursiva: ya no es Dios quien otorga legitimidad absoluta, sino el pueblo, convertido en una divinidad abstracta e incuestionable.


El discurso ha cambiado, pero la estructura se mantiene. Antes, la voluntad de Dios justificaba las guerras, las cruzadas y las persecuciones. Ahora, la voluntad del pueblo justifica atropellos, autoritarismos y decisiones inapelables. El líder ya no es el ungido por una entidad celestial, sino por una masa que se presenta como omnisciente e inmaculada. Y como en toda religión, la herejía se paga caro: quien cuestione las decisiones del gobierno es un traidor, un enemigo de la patria, un adversario del pueblo. Se ha instaurado un dogma donde el disenso es pecado y la crítica, sacrilegio.


El pueblo, sin embargo, no es un ente homogéneo ni omnipotente. En una democracia, no es un solo bloque monolítico, sino una pluralidad de voces con intereses y perspectivas diversas. La trampa radica en que, bajo el pretexto de ser la encarnación del pueblo, los gobernantes eliminan cualquier oposición legítima, apelando a una falsa unanimidad. En nombre del pueblo se ataca a la prensa, se desacatan fallos judiciales, se desmantelan instituciones autónomas y se persigue a quienes disienten. Se predica la democracia mientras se practica la imposición.


No es casual que el populismo moderno se asemeje tanto a los dogmatismos religiosos del pasado. Así como el monarca medieval se rodeaba de clérigos que bendecían su mandato, hoy el líder populista se rodea de voceros que elevan su palabra a la categoría de verdad absoluta. Así como la Iglesia prohibía la interpretación individual de los textos sagrados, hoy se condena la crítica como un atentado contra la voluntad popular. No hay espacio para el matiz, para el análisis o la disidencia; solo existe la fe ciega en el líder y su proyecto. Y como en toda teocracia, los disidentes son apóstatas a los que se debe perseguir y silenciar.


Sin embargo, la democracia auténtica no se basa en unanimidades ficticias ni en verdades reveladas. Se construye en el debate constante, en la existencia de contrapesos, en la apertura a la crítica. No se trata de un acto de fe, sino de un ejercicio racional que requiere escrutinio, revisión y corrección. Gobernar en nombre del pueblo implica gobernar para todos, no solo para quienes otorgan legitimidad en las urnas. Significa reconocer que la pluralidad es la esencia de cualquier sociedad libre y que ninguna mayoría, por grande que sea, tiene derecho a pisotear los derechos de la minoría.


La historia nos ha mostrado que el poder, cuando se reviste de infalibilidad, se convierte en tiranía. Ya sea bajo el manto de Dios o bajo la bandera del pueblo, el resultado es el mismo: un gobierno que se cree incuestionable y que, en su soberbia, destruye las bases del verdadero diálogo democrático. La pregunta, entonces, no es si preferimos ser gobernados por dioses o por hombres; la verdadera cuestión es si estamos dispuestos a defender nuestra capacidad de pensar libremente, de disentir sin miedo y de recordar que ningún poder terrenal es absoluto. Porque si permitimos que el populismo se convierta en la nueva teocracia, solo nos quedará arrodillarnos ante un altar distinto, pero igualmente opresor.

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