Fe política y espejismo del poder
Por Ruben Dario GV
En una sociedad que se enorgullece de su sistema democrático, resulta paradójico que, ante los desaciertos gubernamentales, una parte considerable de la población persista en su defensa ciega. No importa cuán evidente sea la mala administración, cuán profundos sean los estragos de la corrupción o cuán devastadoras sean las consecuencias de las políticas públicas mal implementadas. El respaldo a ciertos gobiernos se mantiene con una devoción casi religiosa.
Este fenómeno no es exclusivo de México. A lo largo de la historia, diversas sociedades han caído en la trampa del dogmatismo político, sacrificando el pensamiento crítico en el altar de la lealtad. Pero, ¿por qué sucede esto? La respuesta radica en una combinación de factores psicológicos, históricos y sociales que moldean la percepción de la realidad y guían la toma de decisiones colectivas.
Uno de los principales mecanismos que explican esta conducta es el sesgo de confirmación. Los individuos tienden a buscar y aceptar información que refuerce sus creencias preexistentes, desechando cualquier evidencia que las contradiga. Cuando un gobierno construye una narrativa en la que se presenta como el único redentor posible, sus seguidores se aferran a esa versión de los hechos, ignorando las pruebas que desmienten su eficacia o buena intención.
A esto se suma el pensamiento grupal, un fenómeno que lleva a las personas a priorizar la cohesión social sobre la crítica racional. En sociedades polarizadas, cuestionar al gobierno puede ser percibido como una traición a la comunidad, generando un rechazo inmediato. De esta manera, la discusión política se convierte en un terreno minado donde la reflexión es sustituida por la repetición de consignas.
La historia ofrece innumerables ejemplos de cómo el respaldo masivo a gobiernos autoritarios ha llevado a la perpetuación de abusos y fracasos. En la Alemania de los años 30, la desesperanza económica y la propaganda permitieron la consolidación del nazismo. En América Latina, líderes populistas han utilizado estrategias similares para sostenerse en el poder, construyendo una retórica en la que los problemas del país siempre son culpa de enemigos externos o de administraciones anteriores. México no es la excepción.
El uso de la desinformación también juega un papel clave. Existen informes de distintos institutos, dedicados a la investigación de la sociología, que revelan que la manipulación de la opinión pública a través de redes sociales ha crecido exponencialmente, influyendo en elecciones y fortaleciendo liderazgos cuestionables. En el caso mexicano, encuestas recientes muestran que, a pesar de los escándalos de corrupción y la ineficiencia en la gestión pública, el apoyo al gobierno sigue siendo alto. Programas sociales que generan dependencia económica y discursos que apelan a la emocionalidad de las masas han sido herramientas eficaces para cimentar este respaldo.
Lo preocupante de este fenómeno no es sólo su existencia, sino sus consecuencias a mediano y largo plazo. Una sociedad que se niega a cuestionar a su gobierno está condenada a repetir los mismos errores. El verdadero ejercicio democrático no radica en la defensa irracional de una administración, sino en la exigencia constante de rendición de cuentas y mejora continua.
En un mundo donde la información es accesible, la ignorancia es, más que una casualidad, una decisión. Quizá sea momento de preguntarnos si la lealtad ciega a un gobierno es realmente un acto de convicción, o simplemente el reflejo de un espejismo cuidadosamente construido por el poder. |