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Jueves 03 de abril de 2025
La cultura no es un adorno

Actualizado: 2025-03-16

La cultura no es un adorno


Por Ruben Dario GV


La cultura es el espejo en el que una sociedad se reconoce, el reflejo de su historia, sus valores y sus aspiraciones. Es el aliento de los pensadores, la voz de los poetas, la curiosidad de los científicos y la mirada de los artistas. Sin embargo, en un mundo donde el entretenimiento efímero ha ocupado el centro de la escena, la cultura parece haber sido relegada a un rincón polvoriento, como si se tratara de un lujo innecesario. No es casualidad que el declive del pensamiento crítico y la desinformación crezcan en paralelo con la disminución del interés por la literatura, la ciencia y el arte.


Las cifras hablan por sí solas. La UNESCO ha alertado sobre la caída en la inversión en industrias culturales, mientras que el consumo de contenido rápido y sin profundidad ha aumentado exponencialmente. En las plataformas digitales, los personajes con mayor reconocimiento y seguidores no son aquellos que aportan conocimiento o invitan a la reflexión, sino quienes generan entretenimiento superficial y de fácil consumo. El problema no es la existencia de estos contenidos, sino su supremacía sobre el pensamiento. Mientras el conocimiento es relegado, la ignorancia se convierte en una mercancía rentable.


Las consecuencias de esta indiferencia hacia la cultura son palpables. Una sociedad que no cultiva su intelecto es una sociedad vulnerable, manipulable, carente de herramientas para discernir entre lo verdadero y lo falso. Un estudio de la Universidad de Oxford ha demostrado que las poblaciones con mayor acceso a la cultura y la educación son menos propensas a caer en la desinformación y el populismo. No es coincidencia que los países con mayor desarrollo económico y social sean aquellos que han apostado por la educación, la investigación y las artes. En cambio, allí donde la cultura se relega a un segundo plano, la precariedad se expande, no solo en términos materiales, sino también en la capacidad de comprender el mundo y enfrentarlo con pensamiento crítico.


Ante este panorama, es urgente replantearnos el papel de la cultura en nuestras vidas. No se trata de imponer un elitismo intelectual ni de rechazar el entretenimiento, sino de buscar un equilibrio que impida que el pensamiento se ahogue en la superficialidad. Es necesario fomentar sistemas educativos que despierten la curiosidad por el conocimiento desde la infancia, gobiernos que entiendan la inversión en cultura como una estrategia de desarrollo y no como un gasto prescindible, y medios de comunicación que valoren la difusión del saber tanto como la del entretenimiento. Pero también es una responsabilidad individual: debemos cuestionarnos qué consumimos y por qué.


El destino de una sociedad no se define solo por su capacidad de producir bienes materiales, sino por su habilidad para construir ideas, cuestionar dogmas y enriquecer su imaginario colectivo. Si seguimos permitiendo que la cultura quede arrinconada, estaremos condenando a las futuras generaciones a un mundo sin profundidad, sin memoria y sin dirección. La cultura no es un adorno ni una excentricidad: es el cimiento sobre el que se erigen las civilizaciones. Recuperarla no es un capricho, es una necesidad imperiosa para garantizar un futuro con conciencia, criterio y dignidad.

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