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Lunes 22 de abril de 2024
Las mañaneras: relatos de lo sacro

Actualizado: 2023-12-16

Las mañaneras: relatos de lo sacro


Por: Efraín Quiñonez León


16 de diciembre de 2023


Tiro Libre


En verdad, el presidente es una fuente inagotable de inspiración para bien y para mal. Quien crea que las mañaneras son el manantial desde donde brota información pura estará acertando sólo parcialmente a lo que ese ejercicio de “diálogo circular” significa. Ciertamente, frente a la opinión crítica de algunos medios, el discurso presidencial, casi editoriales u homilías matinales, constituyen un efecto válido de contraste. Sin embargo, no se puede decir que todos los medios sean críticos, los hay también quienes se convierten en aduladores del régimen. No hay duda de que, en el concierto de opositores en los medios, estos últimos son un segmento muy pequeño, pero no es ninguna novedad que se conviertan en propagandistas involuntarios o con pleno conocimiento de causa. Más allá de esto, en la era de la digitalización y la “democratización de la información” los medios tradicionales, principalmente la prensa escrita, la radio y la televisión, han perdido audiencia y lectores porque han sido escasísimos los ejemplos de posturas críticas, buscando hacer balances ponderados de los gobiernos y otros sectores que resultan significativos en el debate de las ideas en el espacio público.


El presidente es un gran estratega político y sabe muy bien que gobernar es dominar la agenda de temas que merecen la pena discutirse. Por ello cita con frecuencia a, Joseph Goebbels, el publicista del régimen alemán que durante la dictadura reveló de manera brutal que controlar los asuntos públicos en el ejercicio del poder es mantener el control político.


De acuerdo con esto, nos es descabellado pensar que el presidente en sus años juveniles se deleitase en su zona de confort del trópico húmedo tabasqueño, con los larguísimos discursos de, Fidel Castro, transmitidos por Radio Habana Cuba. Es posible que hasta haya memorizado aquel discurso memorable del Che y leído por Fidel para todo Cuba, en el que se despide para continuar el sendero de la revolución por América Latina: “Habana, año de la agricultura. Fidel, me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando nos conocimos en casa de María Antonia… Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos, yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba…” Es la construcción de un relato heroico del gran líder de la revolución latinoamericana que se observaba inminente a mediados de siglo XX. En este sentido, es probable que el presidente.


López Obrador sea una suerte de personaje nostálgico del viejo mito con que la izquierda latinoamericana construye su lugar en la historia, a través del cual se han escrito las páginas más sacrificiales o el martirologio de la lucha política y de la libertad que afanosa y cruelmente se ha buscado durante tantos años.


Una mente tan lúcida como la del recientemente fallecido político mexicano, Porfirio Muñoz Ledo, esgrimía en una de sus últimas entrevistas que el presidente es un mentiroso sistemático, pero no creo que esto sea enteramente así. “Nos mintió a todos”, decía. Es posible que, en lo personal, él se sintiera “traicionado” por el hecho de que había pretendido la dirección de Morena y no lo logró. También, quiso ser embajador en Cuba y en el último momento se le canceló tal posibilidad. Ignoro si el presidente tuvo o no que ver en esto, pero me parece que su incomodidad era más bien producto de una suerte de maltrato que no de una mentira vil.


Como ser humano, cualquiera que diga que no miente es una extraterrestre, un fantasma o un extravagante. “No mentir y no traicionar al pueblo” son frases atractivas para hacernos creer que debemos depositar nuestra confianza en personas que aprecian y llevan a la práctica semejantes valores con los que nadie podría estar en desacuerdo. Pero como todos sabemos eso resulta altamente improbable que ocurra porque no depende solamente de la voluntad de las personas.


Más allá de esto, el presidente hace un diagnóstico lúcido de lo que quizás en nuestro fuero interno todos buscamos: un relato de esperanza. Si todo estaba podrido con el neoliberalismo un aliciente o un cuento esperanzador puede cauterizar las heridas del alma de aquellos que se sienten olvidados, despojados y marginados. Bajo esa predisposición a la salvación con ánimos redentores se colma el principio desde el cual emerge la figura del redentor de la patria. El presidente López Obrador no nos miente cuando nos dice que pretende pasar a la historia no solamente como un buen presidente; pretende trascender el periodo en que ha procurado un buen gobierno de acuerdo con sus criterios, desea con toda su alma ser recordado en tanto que líder que destruyó el neoliberalismo y nos dio una patria nueva, al menos la esperanza de un nuevo mañana. He aquí, entonces, la emergencia del nuevo prócer cuyo narcisismo pretende igualar a los grandes personajes de la historia, aquellos que conocimos durante nuestra educación básica para ilustrar la lucha redentora de héroes y villanos; los antihéroes que por su malignidad han sido defenestrados de la historia oficial, cuyo único dios es el dinero, son conservadores, retrógradas y que resultan moralmente impresentables.


Es verdad que la “reacción” no solamente ha perdido toda credibilidad y todo contacto con la realidad. Se necesita muchísimo más que la diatriba fácil y vulgar con que suelen responder los “conservadores”. Carentes de ideas o de ideólogos que valgan la pena y que se respeten a sí mismos, la opción más recalcitrante al régimen de la 4T hace gala hasta la ignominia de sus frecuentes exabruptos y dislates. La oposición (una verdadera desgracia nacional de proporciones épicas) no solamente ha perdido credibilidad ante el grueso de la población, sino que se afanan en subirse al ring que como trampa a menudo les pone el presidente y como sardinas juguetonas siempre muerden el anzuelo. Al final, hasta el propio presidente les reconoce que, a pesar de las diferencias, la “oposición se ha portado a la altura”.


En un escenario en que parece haberse perdido la pluralidad en el espectro político-ideológico, es altamente probable que Morena haya llegado para quedarse otros 70 años en el poder (mayorías en gubernaturas y congresos locales, mayoría en la Cámara de Senadores y Diputados; así como la colonización de los organismos autónomos o su desaparición ¿Alguien puede imaginar que un escenario así no es el resultado de la entronización en el poder de una elite política teóricamente de izquierda? ¿Qué puede tener de izquierdista Adán Augusto López, Ricardo Monreal u Olga Sánchez Cordero?) ¿Por qué esto es así? Porque existe una matriz cultural que emerge de una sociedad conservadora que se sostiene a través de liderazgos fuertes y profundamente autoritarios; que se corresponden con una sociedad aplastada y cuyas muestras de resistencia solamente son episódicas e infrecuentes sus ciclos de inconformidad, salvo de minorías activas muy propias, eso sí, de la izquierda que no es Morena, ni se encuentra representada en lo que se conoce como la partidocracia. Quienes provienen de la izquierda social no han hecho más que convalidar con cargos los ataques sistemáticos a la frágil y escasa institucionalidad democrática en el país. No han creado nuevas instituciones, suponiendo que todo lo que proviene del régimen neoliberal estuviese degradado, y han sido incapaces de proponer nuevas reglas o crear organismos del Estado de nuevo tipo que permitan fortalecer a la sociedad porque se cree que destruir es, eufemísticamente, la antesala de la construcción de algo nuevo. De la descomposición resurge la fábula cuya moraleja vuelve a colocarnos en el camino de lo sacro para la purificación de nuestras vidas, de la regeneración para volver a engancharnos con lo más glorioso de un pasado anhelado y con los adalides de nuestro presente que habrán de conducirnos por el sendero de la vida buena. No hay por qué desesperarse, ya tendremos otros 70 años por delante para verlo.

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