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Domingo 31 de mayo de 2026
El escándalo como tragedia

Actualizado: 2026-05-26

El escándalo como tragedia


Por: Efraín Quiñonez León


martes, 26 de mayo de 2026


Tiro Libre


Al menos declarativamente, todos los gobiernos del mundo esgrimen la importancia que tiene la educación y, con frecuencia, nos ofrecen cifras de inversión con el fin de abatir los rezagos en la materia. Es verdad que no todo se resuelve con aportar cada vez más recursos en el campo de la instrucción formal, pero ello hace la diferencia entre las mejores o peores condiciones materiales, base sobre la cual se sustenta la viabilidad de un sistema educativo, con el que se pueden desarro-llar competencias que no solamente benefician a los individuos en lo particular, sino a la sociedad misma y a los propios gobiernos. En efecto, si se incrementa el redimiento escolar a través de modelos y estrategias educativas que permitan liberar la creatividad de los sujetos, esto es lo que permitirá contar con personas con un mayor capital cultural que permita encarar los desafíos que plantea la sociedad del conocimiento.


Pero muchos gobiernos se sienten incómodos con el sector educativo y, al final, terminan por combatirlo cerrando la llave del presupuesto e incluso cancelando espacios e instituciones educa-tivas. No hace mucho, la principal potencia del mundo, con el populista de derecha que lo gobierna, ha confrontado sobre todo a las universidades norteamericanas que se caracterizan por ser críticas del entorno en el que viven. Tratandose de liderazgos fuertes, independientemente de la postura política que defiendan, es muy común que terminen por enfrentarse a quienes ejercen con inde-pendencia de criterio lo que piensan y eso hace que la educación superior, a menudo con capital político propio, sea extremadamente vulnerable frente a gobiernos autoritarios.


En México, políticos de diverso signo ideológico coinciden en la “necesidad” de apoyar la educa-ción como palanca de desarrollo, pero debemos admitir que todos han fracasado o, visto positiva-mente, los logros han sido modestos frente a los retos que esto significa. Si tomamos en cuenta las recomendaciones de la UNESCO (el organismo de Naciones Unidas encargado de la Educación) que, en términos de inversión en el sector, sugiere a los Estados miembros aplicar recursos del orden del 4 al 6% de su producto interno, pero es claro que nuestro país no ha alcanzado semejante cifra. A lo más que hemos llegado es a una cantidad de entre 2.5 y 3% del PIB; no obstante que la inversión en términos reales ha caído al menos desde 2015. Y, en términos de educación superior, la caída de la inversión es más dramática todavía. Ciertamente, no solamente se trata de México, pues es inocultable que muchos países no resultan solventes en la materia, como suele admitirlo la propia ONU.


Los neoliberales que gobernaron México desde los 80 pretendieron hacer cambios en el sector educativo del país por dos vías. Instauraron un modelo de evaluación docente que permitiera me-jorar la educación mediante el estímulo del ingreso; de tal manera que la “competencia” incidiera sobre la calidad educativa. Bajo esta lógica fue que se implantó la carrera magisterial que impli-caba la evaluación constante para subir de nivel en el escalafón docente. Por otra parte, se intentó someter al sindicato de trabajadores de la educación y se trasladó a las entidades del país el con-flicto y algunos recursos para operar.


Mal o bien diseñada la estrategia, sus logros fueron más bien limitados porque no existe una rela-ción directa entre la mejora salarial -o el complemento al salario por la vía de la evaluación- y desempeñarse mejor en la actividad docente. Mejorar la educación no depende sola y únicamente de que los maestros obtengan más recursos monetarios, sino de un conjunto de elementos entre materiales y culturales que hagan posible el éxito. En un país tan desigual regionalmente como lo es México, mejorar la educación pasa por abatir los rezagos sociales que imperan en todas las zonas del país.


Por el lado sindical la situación no ha sido mejor. De hecho, el poder del gremio sigue siendo tan importante que hasta suele ser factor de negociación política en los procesos electorales y, en no pocas ocasiones, resulta una fuerza incontrastable para los gobierno locales; de manera tal que por muy buenas intensiones que se tengan a fin de mejorar la educación, si no se cuenta con el aval del sindicato es muy difícil que esto prospere.


En la práctica, entonces, la educación no es necesariamente una prioridad para los gobiernos o resulta una materia sobre la cual se puede prescindir pese a los discurso en contrario. El cambio de gobierno no ha significado una perspectiva distinta que pretenda mejorar los niveles educativos del país; mucho menos la educación superior y la ciencia y la tecnología que han sido los sectores más golpeados presupuestalmente. Las propuestas de los gobiernos de Morena se han enfocado a catequizar al gremio docente y disciplinarlo ofreciéndole algunas dádivas. Al mismo tiempo, se eliminó la evaluación de los maestros y desapareció la institución encargada de tales funciones, bajo el pueril argumento de que ello maltrataba a los maestros. Es verdad que los neoliberales fueron muy arrogantes, pero también es cierto que muchos docentes se adaptaron a los criterios de la competitividad.


Sin embargo, hay todavía algo peor en este de por sí crítico panorama. La Secretaría de Educación se enfocó en el reclutamiento más bien de militantes de Morena a fin de operar políticamente, que en verdaderamente nutrirse del personal más capacitado para hacer avanzar o al menos detener el deterioro de la educación pública. El caso más patético fue el de Marx Arriega que, con un estilo más propio del México bronco o de la condición silvestre de nuestras más preclaras organizaciones de izquierda, decidió atrincherarse en la oficina en la que despachaba porque se sentía fiel inter-prete de las profesías cuatroteistas en la materia, que bien ameritaba un ejido burocrático a perpe-tuidad en la secretaría en la que prestaba sus denodados servicios intelectuales.


Pero si bajamos la escala del análisis a lo que acontece en las entidades federativas del país, puede uno pasar de la intranquilidad a la antesala del infarto. Pongámos por caso el Estado de Veracruz. Hace unos días, se desató un escándalo mediático que las redes sociales magnificaron por la ga-llardía, el perfil, los antecedentes y la función pública que desempeña el personaje de una trama algo singular que nada tiene que ver con la educación, salvo que el actor principal dirigió los destinos de semejante materia en el primer gobierno morenista de la entidad. En efecto, un exse-cretario de educación fue captado -según sus propias palabras- al rescate de unas personas que habían sufrido un percance en un yate por el que navegaban en la zona dorada de Boca del Río. En realidad, el hecho en sí mismo podría ser calificado de intrascendente y, si otra fuese la cir-cunstancia, hasta podría decirse que la acción del político de marras resultaba propia del buen samaritano y, por esos motivos, sería digna de encomio. Pero, el deseo irrefrenable de protago-nismo que caracteriza a nuestros políticos y más en esta época donde lo más preciado es ser vistos, el escenario siempre suele presentarnos situaciones no previstas que escapan de la voluntad de los protagonistas.


De acuerdo al néctar de sus propias palabras, el funcionario que saltó a la fama en el gobierno de, Cuitláhuac García, nos recordaba que casualmente paseaba con su hija en una moto acuática cuando sucedieron los hechos. De inmediato prestaron auxilio a los naufragos. Pero la mala leche de periodistas y usuarios envidiosos de las redes sociales, no solamente descalificaron sus argu-mentos sino que, además, poniéndole más pimienta a la carne se despacharon al político asegu-rando que el yate era de su propiedad; cosa que no tendría por qué ruborizarlo si con sus ingresos puede darse esos lujos. El problema es cómo se justifican los principios de la moral morenista apegados a la ética juarista de vivir “en la justa medianía”, cuando la propiedad (cierta o no) de un yate se transmuta en insulto que hace añicos los designios del lugarteniente de la austeridad republicana.


Vale la pena reiterar que la situación no hubiese pasado a mayores si el diputado no se enreda en explicaciones que no resultan creíbles y en justificaciones que no vienen al caso. Ni siquiera el cuarto padre de la patria podría acaso invocar sus excesos para señalar las procaz violación de su doctrina.


Quien dirigió los destinos educativos de la niñez y la juventud veracruzana trata de convencer en su muy rústico lenguaje y en su corto vocabulario de no más de 50 palabras, teje un catálogo de exabruptos y justificaciones nunca pedidas. Con singular arrojo coloca en cada lance retórico una pieza inmejorable para el escarnio. Y las redes sociales, de prosapia muy jarocha, hacen del supli-cio diputadil una botana apetitosa aderezada con no pocos improperios.


A estas alturas, el asombro regresa convertido brutalmente en espanto al revelarnos la intriga más abyecta que podemos albergar cuando reconocemos el perfil del otrora funcionario. Que el exse-cretario de educación fuese un desnudista antes de desempeñarse en el cargo, es como si la actual presidenta hubiese colocado en semejante responsabilidad al igualmente diputado, Sergio Mayer. Pero quien lo puso en el cargo no solamente exhibe el escasísimo interés que le confiere al tema educativo sino que, además, muestra que la complejidad del asunto puede encararse sin el mayor mérito y capacidad para tan compleja encomienda.


En términos laborales, todo mundo tenemos el derecho de desempeñarnos en las actividades pro-ductivas que más nos convengan o en aquellas en que se nos brindan oportunidades, siempre y cuando estas sean lícitas. Pero desde el momento en que se descalifica o minimiza las importancia de las capacidades para desempeñarse en algún cargo de relevancia, como el educativo, por ejem-plo, pavimentamos el camino no solamente de la ineficiencia sino que, también, abonamos al inexorable deterioro de la educación, mientras convertimos la esperanza en tragedia al no preparar con la solvencia suficiente y el desarrollo adecuado de las capacidades creativas de la juventud y niñez de esta bullanguera región.


Lo que nos revelan estos y otros casos es que la tesis acerca de que no es tan importante el cono-cimiento (“ni que fuera tan difícil”, frase lapidaria de un expresidente que simboliza el desdén por el estudio y la preparación) como la honestidad, parece estar en sintonía con las dinámicas regresivas y el declive casi imparable de todo el sistema educativo nacional. Hace falta mayor compro-miso y valor civil para oponerse a estos absurdos, de manera tal que puedan revertirse los rezagos en materia educativa por el bien y futuro del país. Morena debe aceptar que necesita cuadros pre-parados para esta y otras tareas, los primeros que lo agradecerán son los pobres porque a mayor y mejor educación más posibilidades de movilidad social podríamos esperar.

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