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Viajar, vocación por la libertad
Por: Efraín Quiñonez León
Miércoles, 22 de julio de 2026
Tiro Libre
Crónicas de viajes como las de Marco Polo o Humboldt se caracterizan por una retórica en las que se describen hazañas y descubrimientos, como si fuesen relatos de aventuras donde el principal protagonista resulta el propio relator. Como se sabe, Marco Polo, era por tradición familiar un comerciante y un trotamundos. En verdad nunca escribió los relatos que se le atribuyen sino que, en la más pura tradición oral, las dictó a un escribiente poco después de ser encarcelado en una de las frecuentes batallas de las ciudades-estado de la época. Fue un explorador que alcanzó a llegar a China por lo que se conoce como la ruta de la seda; razón por la cual se le considera uno de los primeros en introducir mercancías de oriente a Europa, como la pólvora, por ejemplo.
En Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, se propone un recorrido distinto y, en honor a la verdad, satírico frente a las historias que nos regresan de manera fantástica a momentos épicos que resultan increíbles; porque los humanos estamos ávidos de semejantes narraciones, ya que nos seduce el hecho de crear mundos imaginarios y proyectarnos sobre una trama en ocasiones heroica con desenlaces trágicos y en otras hasta cómicos.
Se dice que, Humboldt, era especialmente afecto a recorrer los lugares más distantes y enigmáticos. Es probable que eso estuviera asociado a sus inclinaciones como científico (tenía conocimientos como botánico, biólogo y geógrafo; entre otras curiosidades que alimentaban su sed de descubrimientos) y el placer que significaba visitar los sitios más exóticos para registrar su composición y características particulares, reconocer sus singularidades y, también, catalogar los recursos disponibles.
Con la demoledora comparto el placer por los viajes. Esta vez, emprendimos un periplo de poco más de mil kilómetros por tierra. En un reducido grupo de 4 integrantes, formábamos parte de la tribu: el H, la capitana (que la reconoceremos como Magaru), la demoledora y el escribano. En esta ocasión, nuestra cápsula transportadora es de manufactura alemana muy confortable y dispuesta para una bitácora de viaje que implica cercenar los vientos hacia el sur indómito y plagado de extravagancias que capturan perversamente nuestras vanidades (¿Cómo olvidar una degustación excelsa aderezada con una verborrea falsamente étnica, cuyas viandas eran inversamente proporcionales a su peso en oro?). Una experiencia única por varias razones, pero ahora tuvimos el pretexto perfecto que hizo converger nuestras voluntades.
La capitana es, por su vocación abierta y tranquila, un auténtico elogio de la libertad. Es una persona que sin tener antecedente alguno de ella, desde las primeras conversaciones se vuelve tan familiar que resulta entrañable. Quizás por esa propensión de su personalidad es que nos resulta alguien con quién, toda proporción guardada, nos hace recordarla como si nos conociésemos de toda la vida. No recurre a trámites, ni protocolo alguno que estorben la comunicación, quizás por esas razones combina a la perfección su afición por los negocios, como sus afables deseos por la didáctica. Su postura escénica, tanto como su predisposición a la charla amena, contribuyen a conectar con ella de manera súbita e inmediata.
Vuela libre como los pájaros y parece tener una inclinación incontenible por la aventura. Jamás despreciaría una apetitoso itinerario si hay garantía de buena convivencia y un entorno natural irresistible, sello inconfundible de su voluntad silvestre. Resulta esa personalidad que permite que las cosas fluyan y es una contribuyente digna de encomio porque todo lo hace fácil, sin menoscabo de su libre albedrío.
Le comento que mis personajes son una mezcla entre la imaginación y la realidad. Por lo tanto, siempre tengo como principio mantener en el anonimato a quienes me entregan trozos de vida que salpico en ocasiones con humor casi hilarante o, también, con el discreto encanto en que, de modo chusco, nos ocurren cosas mientras caminamos los senderos de la vida. En ocasiones, también, experimentamos situaciones no tan agradables, pero trato de moderar mis impulsos ante el azoro cuando describo episodios que podrían calificarse como trágicos. Por estás razones comento con ella que, solamente si me da su aprobación, podría hacer públicas las presentes líneas. En el más sintomático desparpajo me advierte: "mi vida es bastante pública, así es que no temas. Adelante. Puedes reconocerme como Magaru".
En la cápsula de metal que nos transporta, Magaru nos hace sentir que volamos, pero no tanto por las ideas que nos conducen por paraísos fantásticos, sino porque, cuando maneja, es tal la velocidad que imprime que literalmente experimentas como el estómago se te adhiere al espinazo. Viajar con ella es reconocer el vértigo de las prisas. Es tan temeraria que ni los baches la inquietan. Trae llantas anchas, nos informa, y remata con el siguiente juicio: por eso el auto es muy estable. Tiene razón en los equilibrios de una máquina transportadora diseñada bajo los más estrictos sistemas de seguridad, comodidad y eficiencia; pero el estado de nuestras carreteras son como si transitáramos en una ciudad ucraniana devastada por los inmisericordes bombardeos rusos.
Con predisposición bizarra desafía el desperfecto común de nuestros caminos; trata de esquivarlos, pero sería mejor que no lo hiciera. Después de traernos como sonajas de feria, nos dijo enfática: “qué, vengo esquivando los baches! Hay caminos en México que parecen un escenario de guerra. Pero era tal el número de huecos por los que transitábamos que no había manera de no caer en alguno de ellos. Su voluntad es digna de reconocimiento, pero el peligro acecha entre huecos, auténticos cráteres y extensas reducciones en los carriles por reparaciones destempladas e inoportunas.
Los caminos suelen resultar el diagnostico visual más contundente de lo que dejan de hacer los gobiernos y es la manifestación más clara del deterioro económico de alguna región. Entre los casi mil kilómetros que separan a Veracruz de Yucatán, se puede transitar por un paisaje a través del cual podemos analizar la precariedad y/o las decisiones que los gobiernos toman respecto de las carreteras en su conservación y mantenimiento.
Se puede decir que existen niveles y espacios en que el deterioro es inocultable. Atravesar cada una de las entidades por todo el litoral del Golfo de México se perciben los contrastes. Como el turismo de playa tiene sus principales atractivos en la península de Yucatán, los caminos suelen estar más o menos transitables, con la excepción de Veracruz, donde no solamente están más deteriorados sino que, también, el peaje es de los más caros que llegan casi a los 300 pesos; motivo por el cual los usuarios se incomodan por un pago que se aprecia desmedido frente a lo intransitable de las carreteras en algunos tramos.
En Tabasco, se construyen libramientos para evitar las zonas más densamente pobladas y mejorar el flujo vehicular hacia el caribe mexicano. El único problema es que los puentes suelen estar tan mal hechos, que podría calificarse su diseño de suicida o una broma de muy mal gusto. Sus defectos no necesitan una valoración técnica cuando a cierta velocidad uno puede saltar por los aires. La experiencia encarnada es más que suficiente para diagnosticar los defectos. Sus caminos vecinales son angostos y, con frecuencia, se han colocado tal cantidad de topes que convierten el trayecto en una carrera con obstáculos.
Campeche, por su parte, tiene una buena carretera de cuatro carriles por toda la costa, pero el paso por Ciudad del Carmen dificulta el tránsito. No parecería equivocado pensar que el resto de sus vías de acceso sufran las consecuencias de la escasa inversión.
Yucatán, finalmente, parece haberse preparado con el tiempo de antelación suficiente, a fin de alcanzar las mejores condiciones como para tejer una red de carreteras que estimulan el tránsito de visitantes, por los lugares más atractivos que le son propios. Posee escenarios muy atractivos en términos culturales, como los sitios arqueológicos de Uxmal y Chichén Itzá, por mencionar los más representativos. Aunque, también, cuenta con playas que a pesar de ser visitadas con frecuencia por turistas locales y foráneos, no parece ser presa aún de las grandes cadenas hoteleras como en otras regiones de la Riviera Maya, con los impactos ambientales que esto significa. Pero, en términos de caminos, quizás su principal problema ocurre al interior mismo de los pueblos y ciudades que componen esa cálida entidad. En efecto, lejos de sus partes centrales los accesos a colonias y fraccionamientos se muestran algo descuidados, aunque son transitables. Mérida, la principal ciudad y capital del Estado, padece no solamente el problema del calor y los mosquitos sino, también y más preocupante aún, el tema de las inundaciones por un mal o, quizás, la imposibilidad de un buen sistema de drenaje, puesto que está asentada sobre material pétreo que lo dificulta.
Bajo esta lógica, los caminos se convierten en un desafío constante para los viajeros y en un atractivo visual por los contrastes tanto naturales, como arquitectónicos y de otra clase o taxonomía. Si no fuera por la amistad y los deseos de explorar, tanto como de volver a los territorios conocidos, los trayectos serían menos placenteros. Las rutas que marcan nuestros itinerarios, a pesar del tiempo invertido y los imponderables, siempre dejan alguna huella imborrable en el cuerpo de todo aquel que se atreve a encarar el exotismo de la agreste vida en lugares que no frecuentamos a diario. Tal es el impacto que, tan pronto el ocaso cae sobre la experiencia, cuando ya se hacen planes para la siguiente osadía aventurera. |