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En el espejo animal
Por: Efraín Quiñonez León
martes, 29 de septiembre de 2026
Tiro Libre
Desde mi más tierna infancia dos cosas resultaban fascinantes y, al mismo tiempo, me atraían seductoramente por el desafío que significaban mis elementales conocimientos. En primer lugar, el lenguaje y de ello se desprendía el mundo plástico de las palabras, la diversidad de formas para explicarse y, con frecuencia, los inevitables equívocos que, en ocasiones, pueden resultar en situaciones incómodas e incluso hasta violentas; lo de menos es que estas resultaran simplemente verbales, pero de ellas a la agresión física las fronteras son relativamente porosas. En segundo término, despertaba mi curiosidad el comportamiento animal; en el lenguaje onomatopéyico que hemos adoptado como medio de comunicación con ellos, me intrigaba cómo es que podían coordinarse nuestras necesidades e intereses. Es decir, cómo es que el humano y el animal interactúan, de modo que su particular “lenguaje” produce determinadas acciones en ellos.
Más recientemente, han llamado mi atención los estudios acerca del comportamiento animal con el propósito no solamente comprender su actuación o conducta y, por oposición, me interesa si en algo puede ayudarnos a entender las motivaciones del proceder de los humanos. Me temo que, en una época según la cual se impone una lógica binaria, nuestro comportamiento parece apartarse de la especie que, en teoría, nos caracteriza. Con otras palabras, mientras se infunde el miedo como mecanismo de control nos aparatamos de cualquier racionalidad para tomar y justificar nuestras acciones. Y esto no solamente opera en el terreno de los conflictos políticos sino hasta en las cuestiones más fútiles que pudiéramos imaginarnos.
Una experta de prosapia en sus conocimientos del comportamiento animal y destacada representante de la academia de la ciencia que solicitó la reserva de su nombre, nos recuerda que “la raza humana está perdiendo sus capacidades de discernir o poner en tela de juicio todo aquello que significa un desafío”. Dicho de otra forma, podemos tramitar por la vía más rápida la solución de conflictos si nos enfrentamos a golpes o se desata una guerra en contra del enemigo, el invasor, el extranjero, el migrante, el negro, el musulmán o cualquier otra especie que nos incomode. En términos generales, nuestra capacidad de agencia sufre los embates de la fuerza verbal o física que nutre nuestra fragilidad ante el miedo o el pánico.
La Dra. Lucy Cooke, por su parte, nos instruye en su libro, “La inesperada verdad sobre los animales”, sus experiencias en el estudio del comportamiento animal en su entorno natural. En ese sentido, se integran 13 capítulos donde nos ofrece un muestrario de los hábitos que singularizan un compacto catálogo de animales estudiados. La anguila, con su apetito voraz, es la especie más destacada de comportamiento “caníbal”. El perezoso, cuya lentitud es motivo de intranquilidad para algunos humanos, es la encarnación pura de una eficiencia energética. Y así, se teje una narrativa fascinante salpicada de anécdotas, mitos y conocimientos científicos. Pero la especie que más de acerca a los humanos son, desde luego, nuestros parientes los primates y, en particular, la variedad de los chimpancés.
“Mi ensoñación se vio interrumpida por el ruido de un pedo. Resulta que los chimpancés salvajes sufren de una profusa flatulencia; fuerte, descontrolada e impenitente, era el sonido propio de un animal que subsiste a base de fruta todavía verde y al que le importan un bledo las buenas maneras. Yo no estaba preparada para aquel particular coro matutino, que se parecía más a una escena de una película de Mel Brooks que a nada que hubiera visto en los documentales de David Attenborough. Pero al parecer no era nada inusual: el equipo me explicó que el distante trompeteo era una de las mejores formas de localizar a los chimpancés perdidos en la vasta extensión de árboles”.
Si bien este relato puede provocar risas, la verdad sea dicha semejante descripción no hace más que reiterar el funcionamiento normal de todo organismo vivo. Voluntaria o involuntariamente, es como la biología del ser humano suele comportarse y eso nos equipara con lo que ocurre a los primates. A diferencia de los chimpancés, el género humano ha desarrollado espacios y códigos de conducta para evitar aromas o estruendos poco apropiados sobre todo en público. Los animales carecen de esos prejuicios. Hay, desde luego, conductas extremas que suelen tener consecuencias orgánicas dañinas para el cuerpo en diferentes proporciones. Como me dijo en cierta ocasión una amiga, solo rompo la taza en mi casa. Lo cual confirma que la espera puede albergar mejores momentos y espacios adecuados para manifestarse. Pero cuando la naturaleza toca a la puerta exige sacrificios que no debiéramos evitar, so pena de sufrir consecuencias indeseables públicas y privadas. Semejante código de conducta es lo que provoca cierta convivencia alejada de situaciones indeseables para quienes las sufren o quienes involuntariamente detectan su inoportuna presencia. De lo contrario, estaríamos expuestos a una sinfonía desafiante para todos nuestros sentidos que vulneraría la capacidad racional de ponernos serios y otorgar la importancia que puede revelar nuestra comunicación más ordinaria.
Cuando le platicaba a la Demoledora que, según mis fuentes como resultado de un intenso trabajo de campo en las indómitas tierras del Serengueti chiapaneco (ya sé que es una exageración porque en la selva chiapaneca no hay rinocerontes ni siquiera en el zoológico que ha sido catalogado como uno de los más atractivos, y perdón por mi localismo), los monos saraguato que han venido ganando terreno hasta en zonas urbanas, con frecuencia usan sus heces fecales como proyectiles en contra de quienes transgreden su hábitat y su vida normalmente apacible; de manera inmediata me descalificó y para ganarme la partida (cosa muy rara en ella) me espetó de manera contundente: eres un mentiroso como todos los chiapanecos. Sin embargo, no me arredré ante semejantes conceptos descalificadores y apliqué la máxima de la abuela: más vale que haya un necio y no dos.
Para aligerar el tono de nuestras frecuentes diferencias y distanciamientos, le mencioné que aceptaba su incredulidad sobre el comportamiento coprológico del saraguato, pero que la invitaba a conocer los estudios del Dr. Tello, pediatra y destacado primatólogo local que observa consuetudinariamente los hábitos de esta variante de los chimpancés, y que fuese él quien le disipara sus dudas al respecto, con su mirada y ojo clínico con que mira el comportamiento de esta clase de primates. Después de que le confirmaran mis hallazgos no le quedó más remedio que aceptar, pero sin convencerla del todo, el procaz procedimiento que los saraguatos emprenden cuando los extraños transgreden su espacio. Pero eso no la amilanó y lanzó su desafío: “está bien, pero eso no explica por qué lo hacen”. ¡¡Jaque al rey!!
Traté de reponerme del impacto lo más pronto que pude e inmediatamente le dije con autoridad meridiana: “¡no seas sucia, ese es un golpe bajo”. Si pretendía ganar la discusión es una falta de decoro hacerlo más allá del cuadro analítico que dio origen a sus incredulidades. Ahora pretendes, rematé, que te expliqué por qué los changos tienen ese tipo de comportamiento, simplemente hice una descripción del hecho basado en la observación y la experiencia.
Para mi buena fortuna, llegó a mi auxilio un estudio realizado por el Dr. Frans de Waal, quien había realizado investigaciones sobre el comportamiento de los chimpancés en un zoológico alemán, donde precisamente relata cómo estos “apedreaban a los mirones”. De modo que “agredir” con sus evacuaciones o cualquier otro objeto no resultaba una práctica extraña entre los monos o al menos entre una variedad de ellos. Una primera lectura de esto es que pueden sentir amenazado su entorno y, también, un desafío al dominio que ejercen del territorio, como de los recursos ahí disponibles, principalmente la comida.
Pero las semejanzas y diferencias con nuestros parientes más próximos del reino animal, pueden colocarnos en situaciones algo más comprometedoras y desafiantes.
De acuerdo con los estudios de la Dra. Cooke, el interés por el comportamiento de los chimpancés, su composición anatómica y funcionamiento de sus órganos, tiene una larga historia que por lo menos arranca desde el siglo XVIII. En principio, la curiosidad se dirigió a descifrar las características principales de su cerebro y lo que ocurrió sorprendió a los investigadores porque encontraron “una sorprendente semejanza con la materia gris de los humanos”.
Otros experimentos con primates, visto a la distancia, tienen un perfil algo más perturbador. En la carrera por liderar los avances científico-tecnológicos, los rusos, deseos de procurar algún tipo de sustancia que pudiera prolongar la vida y, en general, nutrir de vigor al cuerpo ante el incremento de la demanda energética que exige la vida moderna, se concentraron en explorar las moléculas de los genes del mono y sus probabilidades de preservar la vida humana, en especial la de los varones que a cierta edad ven menguadas sus condiciones físicas que impactan su vida sexual. En este sentido, al menos desde finales del siglo XIX los euroasiáticos estaban obsesionados por encontrar la fórmula de una especie de viagra “natural” para aliviar las preocupaciones y traumas muy masculinos. Esto dio lugar a las más insólitas pruebas y prácticas con animales para, en teoría, subsanar los “males” por lo demás muy naturales de nuestra condición humana.
Pero la obstinación científica carece de límites, cosa que, en ocasiones, puede ponernos en riesgo y no siempre los estudiosos tienen conciencia plena de las consecuencias de sus invenciones; más allá de los dilemas éticos que algunos de sus experimentos suelen provocar. Sergei Voronoff, científico de la naciente Unión Soviética, coronaba las extravagancias de sus inquietudes científicas buscando la sustancia de la eterna juventud. El gobierno no dejaba de usar políticamente estas iniciativas para socavar las creencias religiosas e imponer que la única verdad irrefutable, es la que se obtiene a través del conocimiento científicos encubado en las instituciones y centros de investigación. Según su audaz, perturbadora y satánica teoría, para detener el proceso degenerativo propio de la vejez inyectaba fragmentos de testículos de chimpancé en la base del escroto de un anciano.
Ya encarrerados, los científicos soviéticos hicieron lo propio experimentando en los cuerpos de hembras de diferentes especies, inoculando semen de humano para determinar si podía fecundar un óvulo y el único que logró adherirse fue en una ejemplar femenino de gibón. En ese sentido, los científicos llegaron a la conclusión que era más factible la fecundación entre los chimpancés y los humanos dada su mayor cercanía en términos evolutivos.
La obsesión por prolongar el tiempo o intentar detener su marcha inexorable sigue siendo, asombrosamente, una inquietud muy humana hasta nuestros días. Podríamos decir incluso que esto se ha potenciado con el innegable desarrollo de la cosmetología. En cierto modo, estas inquietudes se han democratizado, pues en ello no hay diferencia alguna entre hombres y mujeres, ni la orientación sexual es impedimento como para evitar o procurarse una manita de gato.
Algo todavía más perturbador es lo que llevaron a cabo psicólogos norteamericanos en sus estrafalarias investigaciones acerca del comportamiento de los primates y si podían adaptarse a las relaciones humanas. En especifico, se trataba de registrar el comportamiento social y sexual de una ejemplar de chimpancé que, literalmente, fue arrancada de los brazos de su madre con escasas semanas de nacida. Lucy, como se nombró al chimpancé, fue adoptada y se adaptó a la dinámica hogareña de los científicos que llevaban a cabo el experimento. El experimento rindió sus frutos con relación al aprendizaje de un lenguaje con que a Lucy podía resolver los desafíos de la vida cotidiana (vestirse, comer en la mesa y comunicarse a base de signos para manifestar sus estados de ánimo y necesidades). Pero sus prácticas sexuales no fueron más que el resultado de lo inaudito en sentido amplio. Encontraba su máximo placer con el tubo de plástico de una aspiradora, aunque lo más lunático fue lo que su “padre ficticio” realizó a fin de poner a prueba sus teorías. Inspirado en las teorías de Freud, el académico decidió estimular los deseos de su “hija adoptiva” comprándole revistas de chicos desnudos y Lucy desarrolló deseos ansiosos a tal grado que se frotaba las páginas con espectacular enjundia que terminaba por romperlas. Y todavía no era suficiente, pues el “papá-psicólogo” decidió ir más allá dado el entusiasmo científico que le provocaba la experiencia de su singular descendiente dando “el extraordinario paso de bajarse los pantalones y unirse a su hija en una tarde de placer onanista, «para ver qué pasaba»”. Por fortuna, Lucy era más cuerda que su padre postizo y lo ignoró completamente. Lo trágico de esta historia es que, dado los comportamientos cada vez más incorregibles y anárquicos de Lucy, los padres deciden que ha llegado el momento de regresar al reino animal a su engendro y consiguen que en un centro de recuperación se le introduzca de nuevo a su hábitat. Por último, la hija de los temerarios científicos “fue hallada muerta; le habían arrancado las manos, los pies y la piel. Se sospechó que había sido capturada por cazadores furtivos, a los que probablemente se había acercado con la mayor inocencia, dado que no tenía el menor temor a los humanos. Ellos se aprovecharon de aquella presa inconsciente y excesivamente entusiasta. Y ese fue el final de Lucy”.
El profesor, Frans de Waal, por su parte, escribió en los lejanos años 80 del siglo XX un libro acerca de la manera en que los chimpancés establecen relaciones armónicas, sobre el papel del liderazgo y redes de dominación, y, también, las formas en que se dirimen los conflictos. Pero eso será materia de otra incursión en este fascinante y excéntrica historia. |