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La IA, Terminator y el absurdo
Por: Efraín Quiñonez León
lunes, 21 de septiembre de 2026
Tiro Libre
Como resultado de la renuncia de uno de los empleados de las compañías que controlan las innovaciones tecnológicas enfocadas en el desarrollo de la inteligencia artificial, se generó a nivel global una preocupación inducida con que se pretende provocar pánico. No es que el hecho mismo carezca de relevancia, ni mucho menos que los temores sean infundados, pero conviene al menos tomar cierta distancia para observar las cosas de una manera un tanto más mesurada. La tecnología por sí misma no es bueno o mala, lo que más nos debe preocupar es lo que hacemos los humanos al respecto.
Se podría decir que todo tipo de cambios traen como consecuencia ansiedades e incertidumbre. Los hechos históricos están plagados de conflictos por estas razones. Con el desarrollo científico y tecnológico, la comunidad académica que a menudo alberga sus innovaciones se divide entre partidarios y detractores, entre sacrílegos y creyentes. Sin embargo, sus diagnósticos pueden dar lugar a interpretaciones ambiguas o francamente desquiciantes, sobre todo cuando sus conjeturas nos auguran un futuro no solamente ominoso sino, principalmente, advierten una suerte de perversa malignidad que implica la desaparición de la especie e incluso la extinción de la galaxia.
Después de proferir semejantes interpretaciones del apocalipsis sobreviene el pánico. Para nuestra fortuna, quienes nos encontramos intoxicados de información no somos más que un puñado de mortales y, por lo pronto, semejantes ideas aún no llegan al gran público o, quizás, solamente provocan indiferencia bajo la idea de que aquellas interpretaciones no son más que si una fantasía lunática de algunos cuantos que o bien han perdido el juicio, o bien tienen intereses que proteger, o también, que ambicionan una rebanada del pastel aún más grande.
Hoy en día, cuando la información circula instantáneamente, que uno de los ingenieros diseñadores de algunas de las aplicaciones de inteligencia artificial diga, en el preciso momento en que deja la compañía que lo contrata, sin un propósito aparente más que el de advertirnos sobre los peligros de lo que ellos mismos han creado resulta algo desconcertante, por decirlo de alguna forma. Guardadas las proporciones, es como si creyéramos en las bondades de, Donald Trump, cuando se ha cansado de hacer la guerra donde se le antoja.
Sin embargo, mientras algunos se alarman porque la IA está a punto de aniquilarnos como especie; otros temas se entrelazan con los impactos de esta herramienta que llegó para quedarse con nosotros durante algún tiempo. En el plano internacional, por ejemplo, más preocupantes son las guerras que protagonizan las principales potencias o el avance de la ultraderecha en todo el mundo. En México, por el contrario, más relevancia cobra el fracaso de las instituciones de justicia y, pese a sus limitados logros, los sistemas de seguridad del Estado tampoco han podido recuperar el territorio controlado por las redes criminales; mientras que la corrupción es percibida no solamente como algo que no se ha detenido, sino que ha crecido escandalosamente frente a la colusión de intereses entre grupos de la delincuencia organizada y políticos. Sin desdeñar, por supuesto, los pésimos resultados obtenidos de la educación en el país a partir del informe 2025 de la prueba PISA.
¿Hay razones para ser alarmistas? Quizás sí, pero habría que moderar los impulsos irracionales que una invocación tan extrema puede provocar en la población. Por supuesto, eso no debe ser un obstáculo para tomar muy en serio lo que ocurre cuando se pretende llamar nuestra atención sobre situaciones que no controlamos; no tanto en términos de la tecnología como tal, sino la forma con que se transmiten informaciones de esta naturaleza y quién beneficia semejante estado de cosas. Y poner en duda esto es más cuerdo que aceptar el pánico y reaccionar desde nuestros instintos más básicos buscando los pertrechos para sobrevivir ante el inminente apocalipsis.
Resulta por lo demás intrigante que quienes se encargaron de desarrollar estas tecnologías nos envíen ahora señales de alarma de algo que -según ellos- no pueden controlar. Una suerte de Terminator está a punto de acabar con la humanidad y, a diferencia de la ficción, el ente no es algo que podamos ver. Por lo tanto, ahora exigen regulaciones cuando no hace mucho festejaban a la libre empresa. Primero debilitaron al Estado y ahora exigen lo contrario. Válgame dios!!!
Estas herramientas están dispuestas para la mayoría del común de los mortales porque así funciona el sistema, su masificación produce ganancias estratosféricas y en una industria en expansión la carrera no es solamente entre países, sino entre un puñado de oligarcas con deseos insaciables de apropiarse de la mayor cantidad de recursos mundiales. El ciudadano que tiene acceso a estas tecnologías debe escasamente preguntarse acerca del fatalismo invocado por algunos, cuando sus juicios y determinación es de carácter pragmático sobre los beneficios que puede obtener de la IA.
En este sentido, hay que rechazar esa visión determinista no porque sea inválida por sí misma, sino porque se trata de un negocio multimillonario global en el que se compite con el fin de acumular todos los recursos disponibles en el menor tiempo posible. Esto nunca debe perderse de vista. Por lo tanto, si asumimos que algunos tienen intereses en este asunto, debemos colocar sus hipotéticas predicciones en entredicho, es decir, tenemos sobradas razones para no creerles del todo sus argumentos.
La IA, dado su carácter de negocio y la impronta de su masificación para funcionar, se parece a las drogas porque ha penetrado todos los sistemas a escala global. Los principales diseñadores y acaudalados empresarios que ha desarrollado estas tecnologías admiten que a sus hijos, al menos a cierta edad, no permiten que usen las aplicaciones que ellos mismos han creado para el resto de los mortales. Nuestro gobierno asume que debe limitarse el uso de dispositivos electrónicos en educación básica y las restricciones tienen impactos inmediatos. Es verdad que existe un déficit de atención en los estudiantes, pero no necesariamente porque hagan un uso en el aula de estas tecnologías, cuando su utilidad esté más bien enfocada al chisme, el cuchicheo, el acoso o la descalificación, sin demeritar otras formas de agresividad para denigrarse y dañar la autoestima. Así, dentro del aula, los profesores no solamente tienen el reto enorme de la baja calidad de su formación sino, también, de los inevitables errores humanos frente al conocimiento y el aprendizaje. Por lo tanto, es urgente rediseñar su papel dentro del salón de clase en convivencia de la tecnología para sacar el mejor provecho de todas las potencialidades ahí dispuestas, pero que permanecen en un estado de letargo y de evasión.
El problema no está en la tecnología en cuanto tal, sino en el eventual surgimiento de un desquiciado humano capaz de usarla en perjuicio de todos.
La absurda idea que imaginan el pequeñísimo segmento de élites acaudaladas a nivel global de que podrán salvarse en otros espacios o incluso fuera de la galaxia, no solamente resulta la prueba irrefutable de la irrealidad en que viven sino, también, de sus insanos deseos de perpetuidad.
Como siempre, la tecnología puede ser usada para el bien, pero nada impide que en los próximos años aparezca un descerebrado que predique y hasta logre convencer a las masas de utilizarla, para nuestra propia extinción o hacer desaparecer a aquellos que nuestra arrogancia y resentimientos califiquen como inaceptables habitantes de este penoso mundo. |