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Miércoles 11 de marzo de 2026
La lealtad en duda

Actualizado: 2026-03-11

Astrolabio Político


 


La lealtad en duda


Por: Luis Ramírez Baqueiro


 


“Nunca pienso en el futuro. Llega enseguida.”. – Albert Einstein.


 


En política, los momentos de definición suelen revelar más que mil discursos. La reciente votación de la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo dejó al descubierto no solo las correlaciones de fuerza en el Congreso, sino también las grietas internas dentro del movimiento que la llevó al poder. Los números son claros: de 494 votos emitidos, 259 fueron a favor, 234 en contra y uno en abstención. Sin embargo, más allá de la aritmética legislativa, el episodio deja una pregunta inevitable: ¿a quién representan realmente algunos legisladores?


El partido Morena, que llegó al poder bajo la bandera de la llamada Cuarta Transformación, votó mayoritariamente a favor de la reforma. No obstante, tres de sus propios legisladores —Giselle Arellano Ábila, Alejandra Chedraui Peralta y Santy Montemayo— decidieron votar en contra de la iniciativa presidencial. A ello se sumaron ausencias que también pesan políticamente: Manuel Espino, Jesús Jiménez, Iván Peña y Olga Sánchez Cordero.


En un sistema parlamentario o presidencial fuerte, las votaciones estratégicas suelen ser prueba de cohesión política. Cuando esa cohesión falla, inevitablemente surge la sospecha: intereses personales, presiones externas o cálculos políticos de corto plazo. Lo cierto es que, en un momento donde el proyecto político de la presidenta busca consolidarse institucionalmente, la fractura en su propia bancada envía señales contradictorias.


El comportamiento de los partidos aliados tampoco pasó desapercibido. El Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo, que durante años han sido considerados socios estratégicos del oficialismo, votaron mayoritariamente en contra. Paradójicamente, varios de sus legisladores rompieron la línea de su partido para respaldar la iniciativa presidencial. Este fenómeno evidencia algo más profundo: la alianza legislativa que sostiene al oficialismo no siempre responde a una convicción política, sino a una compleja red de intereses y negociaciones.


En el bloque opositor no hubo sorpresas. El Partido Acción Nacional, el Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano votaron prácticamente en bloque contra la reforma. Era previsible. Para ellos, la reforma electoral representa un cambio estructural que amenaza el equilibrio político que han defendido durante décadas.


Lo verdaderamente revelador, sin embargo, está dentro del propio movimiento gobernante. La Cuarta Transformación ha construido su narrativa política sobre la idea de un mandato popular claro y de una agenda de cambios profundos. Cuando algunos de sus propios legisladores deciden desmarcarse de ese proyecto, el mensaje que se envía a la ciudadanía es preocupante: la disciplina política se diluye cuando aparecen intereses particulares.


La historia política mexicana está llena de ejemplos de legisladores que olvidaron que su principal compromiso debía ser con el país y con los ciudadanos que los eligieron. Hoy, esta votación vuelve a poner sobre la mesa un debate esencial: el de la congruencia.


Porque en política, como advertía Benito Juárez, “malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo y con sus hechos lo traicionan”. Y en la votación de la reforma electoral, más de uno quedó expuesto frente a la historia.


 


Sextante.


Finanzas que ordenan el futuro.


En política, los resultados suelen ser el mejor argumento. Y cuando se trata de la administración de los recursos públicos, el termómetro más claro es la salud financiera de un gobierno. En ese terreno, Veracruz comienza a mostrar señales de una evolución positiva que no es producto de la casualidad, sino de una política financiera basada en tres pilares esenciales: eficiencia, disciplina y transparencia.


Miguel Reyes Hernández es el artífice de esta reducción significativa de la deuda pública estatal es uno de los indicadores más claros de este cambio de rumbo. Durante años, las finanzas de Veracruz cargaron con el peso de decisiones irresponsables, endeudamientos opacos y una administración que comprometió el futuro de varias generaciones. Hoy, sin embargo, el panorama empieza a mostrar una lógica distinta: ordenar la casa antes de pensar en nuevos compromisos.


En ese proceso ha sido determinante el papel del actual titular de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Gobierno del Estado. Más allá de la discreción que suele caracterizar a los responsables de las finanzas públicas, el funcionario ha apostado por una estrategia que combina prudencia fiscal con eficiencia administrativa. La lógica es simple, pero poderosa: gastar mejor, recaudar con mayor eficiencia y administrar con responsabilidad.


Reducir la deuda no significa únicamente pagar compromisos; implica también enviar un mensaje de confianza a los mercados, a las instituciones financieras y, sobre todo, a los ciudadanos. Un estado con finanzas ordenadas tiene mayor capacidad para invertir en infraestructura, programas sociales y desarrollo económico. Es decir, la disciplina financiera termina traduciéndose en bienestar público.


Pero quizás el aspecto más relevante de este proceso es la consolidación de una cultura administrativa distinta. Durante mucho tiempo, la opacidad fue el sello de muchas áreas gubernamentales. Hoy, el énfasis en la transparencia y la rendición de cuentas busca romper con esa inercia y reconstruir la credibilidad institucional.


No es un camino sencillo. Ordenar las finanzas públicas implica tomar decisiones que no siempre son populares, pero que resultan indispensables para garantizar estabilidad a largo plazo. La responsabilidad fiscal rara vez genera titulares espectaculares, pero sí construye bases sólidas para el desarrollo.


La experiencia de Veracruz muestra que cuando la política financiera se guía por la eficiencia, la disciplina y la transparencia, los resultados comienzan a reflejarse en indicadores concretos.


La reducción de la deuda pública estatal no es únicamente una cifra en un reporte financiero. Es la señal de que una administración responsable puede corregir el rumbo y demostrar que el manejo de los recursos públicos también puede ser sinónimo de orden, seriedad y visión de futuro.


Porque, al final del día, gobernar bien también significa saber administrar. Y en Veracruz, las finanzas comienzan a contar una historia distinta.


 


Al tiempo.


 


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