Las Minas, Ver.- (AVC) En este pueblo enclavado en la sierra, la quietud habitual se transformó en duelo y tensión. Vecinos y familiares despidieron a Melquiades Alarcón Caro, exalcalde priista, y a su hijo, asesinados la mañana del jueves 28 de agosto en la carretera Zomelahuacan–Pueblo Nuevo. A las dos de la tarde, los féretros ya eran velados en Pueblo Nuevo, la comunidad natal del exfuncionario, ubicada a más de dos mil metros de altura. Para llegar hasta ahí se recorren carreteras estrechas de terracería que serpentean entre peñascos y bosques de pino cubiertos por una densa neblina. En el camino, vecinos daban indicaciones a los visitantes que llegaban para acompañar el funeral. Afuera del portón de la vivienda familiar, allegados lloraban las pérdidas, pidiendo respeto al luto y honores para los dos hombres, recordados con aprecio en la región. Rastros del ataque Sobre la carretera aún quedaban marcas de la emboscada: cintas amarillas de “Precaución” colgaban rotas y enredadas en un alambre de púas oxidado al borde del acantilado. El viento arrastraba la neblina y el frío calaba entre quienes transitaban el lugar, observando en silencio las huellas de la violencia. De acuerdo con el reporte de las autoridades, los hechos ocurrieron alrededor de las ocho de la mañana, cuando hombres armados interceptaron el vehículo en el que viajaban padre e hijo y dispararon en repetidas ocasiones. El aviso llegó a los cuerpos de seguridad casi una hora después. El caso fue turnado a la Policía Estatal con base en Perote y a la Policía Ministerial, que desplegaron un operativo en busca de los responsables. Sin embargo, en la comunidad persiste el miedo. “No sabemos qué pasará después de esto”, expresó un vecino mientras avanzaba hacia el velorio. Las calles empedradas, adornadas con casas coloniales y balcones de madera, ahora son testigo del dolor y del paso de reporteros y fotógrafos que documentan el crimen. Un lugar con historia Las Minas, con poco menos de tres mil habitantes, se encuentra a 60 kilómetros de Xalapa. Para llegar a su cabecera es necesario recorrer la carretera Las Vigas–Perote y descender por un camino lleno de curvas que revela paisajes de montañas, cuevas y restos de su pasado minero. En el siglo XVIII la zona vivió el auge de la extracción de oro, cobre, plata y platino. Hoy, entre fachadas coloniales y balcones con flores, la comunidad parece detenida en el tiempo, aunque marcada por la reciente violencia que interrumpió su rutina.
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