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Sábado 05 de diciembre de 2020
El camino por recorrer

Actualizado: 2020-10-27
El camino por recorrer

Juan Manuel Vázquez Barajas (Twitter: @juanmanuel_vb)

A pesar de la pandemia del COVID-19, las elecciones de Coahuila e Hidalgo se llevaron a cabo con relativa normalidad. Aunque, en el caso de México, ello no significa que haya sido una jornada electoral perfecta. Estas elecciones solo ocurrieron en dos estados de la República: en Coahuila, solamente el 39% de los ciudadanos acudieron a votar este año, una caída para un estado que en los últimos años había visto una participación por arriba del 60%. Mientras en Hidalgo la caída fue menos precipitosa, siendo que 49% de los hidalguenses votaron este año comparado con un 61% en 2018.
Acompañado de la baja participación, en Hidalgo se suscitaron disturbios en cuatro municipios, donde personas inconformes con los resultados quemaron boletas y material electoral. Este tipo de hechos se presentan con cierta regularidad en nuestro país, lo cual es un reflejo del camino por recorrer para que México transite a ser una democracia sólida y estable.
Ninguna democracia es perfecta. Pero una condición básica para que la democracia pueda funcionar, se necesita que la paz impere ante cualquier intento de violencia. Para ello, se necesita que todos los actores políticos acepten las reglas del juego, confíen en el árbitro, y reconozcan la legitimidad de sus competidores. En otras palabras, lo que se necesita es confianza.
En el fondo, el hecho que en nuestro país haya una profunda desconfianza nos indica que todavía hay personas que optan por medios violentos para hacerse del poder. Esta violencia no empieza desde la quema de boletas, sino desde mucho antes.
La violencia política empieza con el uso de la palabra, cuando usamos el lenguaje para agredir a una persona, un colectivo, o inclusive a una institución. Estas agresiones tienden a buscar justificarse con base en agravios: una voz no escuchada, una petición no atendida, una decisión cuestionada. Desde lo más mezquino hasta acusaciones de robo en una elección, los mexicanos nos hemos acostumbrado a que este tipo de violencia sea parte de nuestra vida democrática cotidiana.
Esto tiene que dejar de ser así. Tenemos que reconocer que no viviremos en una democracia real si no estamos dispuestos a verdaderamente respetar a quienes pueden ser nuestros contrincantes. No podemos construir un sistema de confianza si verdaderamente no hay apertura y transparencia en nuestras decisiones y los debates que las anteceden. No podemos vivir en paz si todo el tiempo estamos antagonizando a alguien más.
Un momento clave para la democracia contemporánea fue el nacimiento de la Primera República francesa. En su lema inscribieron las palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad. El orden de estas palabras importa. Sin libertad, no tenemos el poder de tomar nuestras propias decisiones; sin igualdad, no tenemos un campo parejo para negociar y trabajar con otros. Sin embargo, el tercero es quizá el más interesante, ya que nos lleva un poco más allá de nosotros mismos. La fraternidad nos exige ver al otro como un hermano, una hermana, una persona igual a nosotros que merece el respeto que a nosotros nos gustaría recibir.
La fraternidad implica empatía, respeto, confianza.
Cuando confiamos en el otro y les damos respeto, actuamos de forma muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver. Para empezar, no acudimos a la violencia para resolver nuestros agravios. No buscamos destruir la imagen del otro o tachar su legitimidad frente a los ojos de la opinión pública.
Cuando somos fraternos, hacemos un esfuerzo por ganar la confianza del otro para poder trabajar juntos. Cuando somos fraternos, mostramos respeto para lograr metas en común y sacar a nuestra comunidad adelante. Cuando somos fraternos, ponemos las diferencias a un lado para luchar por el bien común.
La tarea no es sencilla. Por mucho tiempo, ha habido personas y experiencias que han sido relegadas, estigmatizadas y marginadas. Sus agravios son un gran pendiente para nuestro sistema político y social, y son prueba de nuestra falta histórica de fraternidad.
Debemos superar nuestros propios prejuicios y llegar a la mesa con una mente abierta, una disposición de reconocer nuestros errores y carencias, y ver al otro a los ojos. Una vez que empecemos a hacer esto, veremos que el poder de las ideas se antepondrá a la violencia. Escucharemos menos denostaciones y veremos mayor colaboración entre personas con ideologías diferentes. Sentiremos menos odio por los otros y gozaremos de una sociedad más pacífica, más democrática.
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