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Lunes 19 de febrero de 2018
   
​El espíritu del carnaval de Coyolillo
​El espíritu del carnaval de Coyolillo
AVC/Noticias  .  
2018-02-12.- La presencia de la tercera raíz es evidente en el ritmo de vida, en el tamaño de las sonrisas, en el calor de las miradas de esta población del municipio de Actopan.








La localidad de Coyolillo se encuentra a unos treinta minutos de Xalapa, saliendo por la carretera hacia El Castillo. Forma parte del municipio de Actopan y, junto con Yanga y Mozomboa, es una de las comunidades con mayor afrodescendencia de nuestro estado. La presencia de la tercera raíz es evidente en el ritmo de vida, en el tamaño de las sonrisas, en el calor de las miradas. Llegamos a eso de las nueve de la mañana, buscando cualquier motivo para platicar con los lugareños; caminando por las callecitas que serpentean entre las pequeñas casas pintadas de múltiples colores. Todos sonríen, todos te saludan aunque no te conozcan; nadie pretende, nadie desconfía a pesar de que, evidentemente, no somos de allí.







No fue difícil llegar al parque central, el pueblo es pequeño, muy pequeño y las indicaciones que nos dieron los transeúntes fueron simples “todo derecho, donde veas la iglesia ahí es.” Más que un parque, nos encontramos con una explanada y algunas jardineras afuera de una iglesia de color rosa, de ese que es imposible no ver. Ni muy alta ni muy grande, más bien exigua. A la izquierda, sobre una de las jardineras, una máscara de madera con forma de toro llamó nuestra atención. Había sido puesta al sol para que se secara por un hombre lánguido que nos vio acercarnos. Sonrió.







Don Octavio López Zaragoza tiene cincuenta y seis años de edad y más de cuarenta tallando máscaras. No dudó invitarnos a pasar a su casa y nos ofreció café y torta de plátano. Su primera máscara la hizo a los nueve años, en un hueso de aguacate. Luego, a los quince, su padre por fin le enseñó el oficio; era 1976 y todavía no había luz eléctrica en el pueblo. Pasamos a una habitación muy iluminada, dos paredes estaban ocupadas con máscaras de distintas formas; toros, venados, diablitos o viejitios. Unos troncos servían como bancos para sentarse a tallar su madera. Don Octavio nos mostró sus herramientas, algunas se las heredó su padre, otras las ha fabricado él, ninguna es eléctrica. Son pequeños utensilios que dan forma, vida, a los párvulos y blandos maderos de quimite; un árbol, también conocido como gasparito, que se da en todos los alrededores.







Coyolillo es conocido por su carnaval, por ser el lugar de origen de los chiles rellenos y por sus máscaras. A un artesano hábil como don Octavio le toma tres o cuatro días terminar una, más otros quince que tardará en secar por completo. El proceso es complejo, delicado, cada máscara es única; el acabado requiere de una sutileza que pocas veces he visto. Tan ardua es la tarea que hoy en día en esta pequeña comunidad, más tropical que de montaña, sólo doce personas saben tallar las máscaras tradicionales. A todos les enseñó don Octavio, que me mira y sonríe con orgullo cuando lo dice. Orgullo o alivio, no sé bien, pues en algún momento él fue el único artesano que quedaba con vida en el pueblo.







“La tradición estuvo a nada de perderse, de acabarse, nomás quedaba yo”, recuerda con nostalgia mientras continúa tallando el madero recién cortado. Fue en 1993 cuando CONACULTA y el IVEC voltearon a Coyolillo para intentar preservar la tradición. Buscaron a don Octavio para que ofreciera un taller. Lo apoyaron con herramientas y bajaron recursos para que él pudiera capacitar a un grupo de jóvenes de entre diez y quince años de edad. Luego también se le acercó el gobierno del estado, trabajó con ellos en otro taller de dos meses y, oh sorpresa, no le pagaron. Hoy algunos de esos niños a los que él capacitó imparten sus propios talleres en Xalapa y otros lugares de Veracruz.







Durante el siglo XVI El Reino del Congo fue el principal proveedor de esclavos al imperio español. Muchos de esos hombres y mujeres entraron a la Nueva España por Veracruz; trayendo danzas, música y máscaras provenientes de su tierra natal congoleña. Esos rituales les permitían mantener un vínculo con la naturaleza, representaban los elementos originarios más valiosos para ellos: como la fortaleza del toro, que valiente e inquebrantable carga la yunta para que los humanos puedan comer. La mano de obra esclava se hizo indispensable en toda la región, dando origen a haciendas esclavistas en Actopan y toda la cañada del río homónimo. Se crearon los ingenio azucareros de La Concha, Maxtlatlán, Tenampa y Almolonga. En esta última hacienda, una vez al año, los esclavos tenían un día de libertad y lo aprovechaban para celebrar sus tradiciones originarias. Sin embargo, las mujeres no podían participar, por eso los hombres solían disfrazarse del sexo opuesto, para compensar, probablemente burlarse, de esa ausencia. Esas costumbres, de origen mítico y totémico, continúan hasta el día de hoy, que me encuentro mirando a don Octavio sostener una máscara de toro en sus manos.







“¿Qué representa la máscara, don Octavio?” Le pregunto mientras perfila el rostro de madera con una navaja afilada y pequeña. Él sonríe, muestra sus dientes frontales y me doy cuenta con son de plata –por lo menos en color–. Le agrada conversar y a mí me es grato escuchar su acento de tierra tropical enclavada en la montaña. “La máscara es el papel de cada quien. Quien use un toro, en ese momento se va a transformar en un toro. Todos se transforman en animales, corren, brincan, cada quien hace un personaje según su máscara. Disfrazarse con una máscara es transformarse, transformas tu vida. Te olvidas que eres Juan o eres Pedro, tú correteas y te sientes feliz. La máscara te oculta la vergüenza, la tristeza, la pena. Oculta tu rostro, oculta quién eres.” De repente su sonrisa se torna solemne, como añorando que el carnaval inicie, como agonizando ante la espera que está a unas horas de terminar.







“Oiga, ¿entonces la tradición ya no está en riesgo?” Le increpo para romper el silencio que ha inundado la habitación. “No, ahorita ya no, ya los niños se visten desde chiquitos. Se disfrazan de toros, o de diablitos. Ya me da gusto ver a todos que aman su tradición y están orgullosos de ella. Y muchos de los que yo enseñé ahora también enseñan…” Lo interrumpo. “¿Se da cuenta que usted salvó la tradición?” Sonríe, se echa para atrás en su tronquito, lleva sus manos atrás de la nuca sin soltar su herramienta. “¡Soy el espíritu del carnaval de Coyolillo!”







Historia: Daviel Reyes



Foto: Jazz Maldonado y Héctor Amador



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