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Martes 21 de noviembre de 2017
España

Actualizado: 2017-10-29
ESPAÑA

Fernando Vázquez Rigada

“Este país”

Dos palabras. Como puños. Como balas.

Así se expresaban los dos bandos, ambos hermanos, para describir un desacuerdo irreconciliable. El que los llevaría a un camino preciso: el de la guerra.
Eran las ideas de España. La republicana. La monárquica.
“Este país”. El tuyo o el mío. No el nuestro.
El mismo que se enfrentó hasta la muerte. El que se rasgó la piel de 1936 a 1939. El que condujo a la dictadura que es siempre la ruta de la intolerancia, del garrote vil, del terrorismo.
El mismo país, este, que logró reconciliarse, convivir, progresar, por la fuerza de la política, del talento, del respeto y de la tolerancia.
Hoy, ese país, España, cruje. Amenaza quebrarse. Fracturarse. Abrir la cicatriz.
Cataluña dice que quiere volver a aquellos días. Al de un país que no es de todos. Al que no habla español sino castellano. Al que no puede abrazar la diversidad: de cultura, de historia, de desarrollo.
Soy más porque tengo más. Porque soy distinto. Porque exporto más. Porque contribuyo más. Porque subsidio.
Soy diferente porque ya no reconozco lo que me diste. Lo que gané contigo. Lo que aprendí.
La historia, cosas de Herodoto, se repite. Vuelve el lenguaje del rencor. El de la exclusión. El de unos y otros. El que señala el camino circular de la realidad europea y africana de treinta años para acá: los países se rompen con mayor frecuencia de lo que pensamos.
Es el camino de Ucrania , de Bielorusia, de la República Checa, de Croacia, de Namibia o Sudán del Sur.
La tentación de que los más ricos pueden vivir solos.
La idea del aislacionismo que lleva al Brexit. A la negación de la paz colombiana. Al muro.
La idea unitaria y excluyente. Este país.
Cataluña vota tirar a la basura la constitución que votó como nadie en 1978. La de Adolfo Suárez, que quiere decir la de la democracia y el reencuentro. La que permitió las autonomías para reblandecer el hierro del franquismo.
Cataluña vota en su parlamento con mayoría de representantes pero no de representados. Madrid no logra hilvanar un diálogo creativo, innovador.
Dos monólogos rompen la unión y la concordia. La vida común. Una minoría intransigente y una mayoría obtusa.
Dos lenguajes que reducen todo a dos palabras: este país.
Palabras que son puños.
Ojalá que no sean balas.

Fernando Vázquez Rigada
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