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Sábado 25 de noviembre de 2017
Por mí, mis amigas, nuestras hijas y las de ellas

Actualizado: 2017-07-31
La Fiesta del Té



Por mí, mis amigas, nuestras hijas y las de ellas


El aborto mata, efectivamente, pero no por la interrupción en si, no al grupo de células que se forman a partir de la unión del óvulo y el espermatozoide y que son inviables fuera del útero, sino por la práctica insalubre, clandestina, inaccesible para las mujeres pobres y dudosa en consultorios donde no hay certeza de salir vivas.

El aborto mata a las mujeres por cuestiones como infecciones, malas praxis e incluso en algunos casos llega a dejar secuelas importantes en la salud de ellas, además de la infertilidad a la que pueden enfrentarse, no por la decisión de interrumpir un embarazo, sino por las condiciones, pésimas muchas veces en que se puede dar.

Esto no es una cuestión de “castigo divino a la mujer impía que mata a su propio hijo” como condenan los grupos religiosos, sino un tema de salud pública que el estado no ha querido ni ha podido resolver, un asunto de desigualdad social que ninguna institución pública ha querido tocar.

Pero además, el aborto a quienes mata es a las mujeres jóvenes, de escasos recursos, con poca educación, que no tienen acceso a una interrupción acompañada, en un procedimiento seguro con el uso de misoprostol, en condiciones humanas, amigables y dignas para ellas.

Es curioso, los que más opinan del tema son los hombres, pero sobre todo los hombres que se envisten de cargos religiosos, es decir, los que nunca van a tener que entrar a un consultorio sucio para que les introduzcan fierros en la vagina y les ayuden a interrumpir un embarazo.

Esta semana debió discutirse la modificación al Código Penal para ampliar las causales de impunibilidad del aborto, pero no ocurrió, los pretextos fueron muchos, primero que se esperaba una iniciativa del Gobernador que a la fecha no ha llegado al Congreso, que las Comisiones no habían tenido tiempo de reunirse, pero la verdad detrás de esos argumentos fue la presión de los grupos religiosos.

La iniciativa fue presentada por la diputada Tanya Carola Viveros, pues el tiempo se agotaba y el Ejecutivo del Estado no cumplió con su obligación ante las recomendaciones emitidas por la Conavim para evitar la segunda alerta para Veracruz.

Nuevamente los derechos humanos de las mujeres fueron postergados por los intereses religiosos, político-electorales. Otra vez el estado laico vigente en Veracruz fue hecho a un lado ante la miopía que deja el velo de la iglesia católica en los ojos de las y los servidores públicos, quienes tienen los ojos metidos en sus Biblias y los rosarios, como dice el dicho “a dios rezando y con el mazo dando”.

Triste es la situación, porque con o sin aprobación de la modificación que despenalizarla el aborto en los primeros tres meses de la gestación, las mujeres van a seguir interrumpiendo los embarazos, con pastillas, en consultorios clandestinos o con prácticas más peligrosas aún que pueden dejarlas desde estériles, enfermas o muertas, por no poder hacerlo de manera segura y sin prejuicios.

Mucho se condena el aborto, pero todas y todos conocemos al menos una mujer que interrumpió un embarazo no deseado, yo personalmente conocí los casos de amigas, acompañé a algunas en su decisión para que no se sintieran solas, pues muchas veces los hombres con los que concibieron desaparecieron en ese momento.

En todas vi la misma expresión de miedo antes de hacerlo, el horror a que algo no saliera bien, el dolor del cuerpo por la práctica del médico que “bien pagado” pero insensible a las sensaciones, y después el alivio, la pérdida del miedo y la recuperación de la tranquilidad.

Ninguna de ellas terminó loca, ni cambió su plan de vida o su decisión sobre la maternidad, por lo que esos argumentos que han esgrimido los grupos “Pro-feto” *pues pro vida, sería a favor de la vida de las mujeres* sobre que afecta la salud mental de las mujeres son falsos.

Por eso es que se debe garantizar a las mujeres el acceso a la interrupción legal del embarazo en el marco del estado laico, basándose sólo en las decisiones que ellas tomen sobre sus vidas, sus cuerpos.

Ojalá el Congreso contemple el tema sin sesgos religiosos, sin compromisos político-electorales, sin presiones de conciencia desde sus propias creencias personales o ignorancias.

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